Datos de contacto
  • Calle San Silvestre 15, Pozuelo de Alarcón, 28224 - Madrid
  • 636 17 01 40
  • 636 17 01 40
  • info@elisasanchezbarquero.com
“CALLAR TE DESCONECTA, NOMBRAR te devuelve tu poder”

“CALLAR TE DESCONECTA, NOMBRAR te devuelve tu poder”

Decir lo que duele no te convierte en víctima


Vivimos en una cultura que glorifica el aguante. Se premia al que no se queja, al que “lo lleva bien”, al que traga saliva y sigue adelante sin hacer mucho ruido. Y, sin embargo, muchas veces, ese silencio tiene un precio: la desconexión de uno mismo.
Nombrar lo que duele, decir “esto me molesta”, “me siento solo”, “esto me cansa”, no es un signo de debilidad ni una llamada de atención. Es un acto de autenticidad. Expresar malestar no es caer en el victimismo, sino dar voz a una experiencia interna que pide ser reconocida. Pero, claro, hemos confundido las cosas.
Una persona que se expresa desde el dolor, con honestidad y sin máscaras, no es una víctima. Es alguien que está presente en lo que siente, que se responsabiliza de su experiencia y que no quiere seguir anestesiándose. Lo que marca la diferencia no es el dolor que se siente, sino el lugar desde donde se habla.
La víctima, en su versión más estancada, no sólo sufre: se instala en el sufrimiento y lo convierte en identidad. Cree que todo lo que le pasa viene de fuera, que no tiene margen de acción, que está a merced de las circunstancias. La víctima se desconecta de su poder. No puede, no sabe, no se atreve… y espera que otros la salven.
En cambio, quien se permite decir “esto me duele” sin perder su centro, está reclamando algo sagrado: el derecho a sentir, a poner límites, a cuidar su espacio interno. Está diciendo “esto no me sirve” no para que alguien venga a rescatarlo, sino para empezar a moverse desde otro lugar.
Hay una gran diferencia entre expresar el dolor y vivir anclado en él. Hay una gran diferencia entre reconocer la herida y usarla como excusa para no avanzar.
Lo que asusta, a veces, no es la queja, sino la incomodidad que genera en los demás. Porque quien se atreve a decir su verdad, aunque sea incómoda, le recuerda al otro todo lo que aún no se ha atrevido a mirar. Pero eso no es tu carga.
No es necesario minimizar lo que sientes para ser tomado en serio. No tienes que demostrar que estás bien para que te valoren. Tu dolor no necesita justificarse para ser real. Y expresarlo, con respeto y conciencia, es también una forma de cuidarte.
No se trata de convertir el sufrimiento en bandera, pero tampoco de maquillarlo. Se trata de mirarlo de frente y decir: esto me está pasando. Y desde ahí, abrir la puerta a algo distinto.
Nombrar lo que duele no te convierte en víctima.
Te convierte en alguien que ya no está dispuesto a traicionarse.