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El cuerpo guarda lo que la mente calla

El cuerpo guarda lo que la mente calla

Basado en un articulo del Doctor Gabor Maté

Durante mucho tiempo se pensó que el trauma era un suceso emocional intenso, algo que “ocurría en la mente†y que con el tiempo podía superarse.
Sin embargo, hoy sabemos que el trauma no es lo que nos pasó, sino lo que ocurrió dentro de nosotros como respuesta a lo que nos pasó.
Y eso, como explica el Dr. Gabor Maté, no desaparece: el cuerpo guarda la memoria de aquello que la mente no pudo sostener.

Cuando vivimos experiencias dolorosas o amenazantes —especialmente en la infancia— el sistema nervioso activa sus mecanismos de defensa: lucha, huida o congelación.
Si esas experiencias se repiten o no pueden expresarse, el cuerpo aprende a adaptarse, y el precio de esa adaptación es alto: se desconecta de las emociones para poder sobrevivir.

La mente reprime. El cuerpo registra.

Cuando las emociones son demasiado intensas, la mente las empuja hacia abajo para evitar sentir el dolor.
Pero el cuerpo no olvida.
Permanece en un estado de alerta sutil, como si aún existiera peligro.
Ese estado se traduce, con el tiempo, en tensión muscular, inflamación, desequilibrios hormonales, digestivos o inmunitarios.

Pensemos en alguien que creció en un hogar donde el conflicto era peligroso.
Aprendió desde muy pequeña que mostrar enfado o tristeza podía tener consecuencias, así que reprimió su expresión emocional.
Por fuera, parece calmada, racional, eficiente.
Pero por dentro, su sistema nervioso sigue esperando el impacto.

Décadas después, esa misma persona puede sufrir migrañas recurrentes, fatiga crónica, ansiedad o un cansancio que el descanso no alivia.
El cuerpo sigue intentando liberar lo que la mente tuvo que enterrar.

El cuerpo habla en el idioma del síntoma.

Y lo hace con precisión:
cada tensión, cada contractura, cada dificultad respiratoria o intestinal es una forma de comunicación.
No es casualidad. Es una estrategia del cuerpo para avisarnos de que hay algo pendiente de ser sentido, reconocido o liberado.

Por eso, la salida no está en forzar el pensamiento positivo, ni en ignorar lo que duele, sino en aprender a escuchar sin miedo.
A observar las sensaciones corporales como señales, no como enemigos.
A preguntarte, con respeto y sin prisa:

“¿Qué emoción estoy conteniendo que aún no me he permitido sentir?â€

No es necesario tener la respuesta enseguida.
El simple hecho de preguntarte abre un espacio interior de consciencia, y en ese instante, la mente y el cuerpo comienzan a reconciliarse.

La transformación ocurre cuando el cuerpo se siente seguro para soltar.

En mi trabajo terapéutico acompaño a las personas a recorrer ese camino.
A través de herramientas como las constelaciones familiares, el trabajo sistémico y la observación corporal consciente, ayudamos a que el cuerpo encuentre un nuevo orden.
Uno donde ya no necesita sostener la tensión del pasado, ni protegerse del peligro que ya no existe.

Porque sanar no es olvidar, sino integrar lo que quedó fragmentado.
Es aprender a estar presentes en nuestro cuerpo sin miedo, con amabilidad y con verdad.

El cuerpo siempre habla.
La pregunta es si estamos dispuestos a escucharlo.